¿Cuántos años te arrebataron el placer?

Me casé muy joven y ese hombre que parecía ser un sueño transformó el placer en tortura.

Cuando una mujer es violentada durante muchos años puede llegar a sentir que ya ni siquiera su cuerpo le pertenece. Que sea cómo sea que se sienta, ella debe cumplir con los deseos de su agresor y hasta sentirse obligada a hacerlo. En algunos casos, el puede forzarla,  pero en otros es la misma víctima quien se exige a sí misma por miedo a que su negativa alimente una reacción negativa de él.

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Este artículo fue escrito por una víctima de violencia quien decidió hacerlo bajo identidad reservada. En este relato narra su experiencia respecto a la intimidad con su pareja violenta. Esta es su historia.

¿Alguna vez te preguntaste qué pasa con la intimidad en la pareja de las mujeres que son víctimas de violencia?

Me casé muy joven. Él parecía un gran hombre, cariñoso y amable. Yo estaba segura que era con quien pasaría el resto de mi vida. Pero luego de algún tiempo, ese hombre que parecía ser un sueño se transformó en una pesadilla.

Al principio usaba violencia simbólica. Indirecta y muy sutil, que en ese momento no podría reconocer como tal. Luego todo fue en aumento, pasando por violencia psicológica, física y hasta llegar a la violencia sexual. 

Debido a esto último, sentía que mi cuerpo ya no me pertenecía. Que cuando él quisiera tener intimidad, yo iba a tener que estar disponible.

Por lo tanto, aquello  que debía generar placer y ser decisión propia y espontánea, se transformó en una verdadera tortura.

Una vez que él abusó de mí, dejé de disfrutar de nuestra intimidad por completo. Al principio fingía que lo disfrutaba, tal vez aún con la esperanza que él cambie y que nuestra pareja vuelva a ser lo que creí que era (luego me di cuenta que fue sólo una idealización que él había fomentado con sus mentiras). Pero el último tiempo ya ni siquiera podía fingir. Tampoco sentía dolor físico. El dolor era emocional, era miedo, pánico, tristeza, angustia. Nada de lo que se puede esperar de una relación sexual me pasaba a mí.

Constantemente estaba en una actitud de autoconservación. Él se movía de un lado al otro, y yo sólo lo dejaba hacer. Era como una muñeca, sin decisión ni voluntad. Mis manos sobre mi pecho o mi cara, como cuidándome de un posible golpe. Me costaba respirar, y él no hacía nada para que me sintiera mejor. Sólo se limitaba a decir esa frase tristemente célebre: “¡mirá cómo te ponés!” 

¿Acaso a estos seres les fascina generar la manifestación más íntima del dolor, del miedo y la impotencia en otra persona? 

Mientras, yo intentaba disimular, “No vaya a ser que se enoje y qué cosa peor pudiera pasar”. No podía mirarlo a la cara. Los ojos continuamente cerrados, tal vez para que él no vea mi miedo. Cuando ya no lo tenía frente a mí, ahí podía llorar y escurrir esas lágrimas reprimidas que me ahogaban. Se que que veces me vio llorar, pero no le importó. Otras, un “no” salió de mi boca. En algunas ocasiones se detuvo, en otras no.

Cuando todo terminaba, lo único que podía hacer era darle la espalda, abrazar mi propio cuerpo, y llorar en silencio. 

Hoy hace ya un tiempo que pude salir de esta relación tan abusiva. Pero aún quedan secuelas de esa etapa. Ataques de ansiedad y llanto, a veces por motivos que pueden parecer mínimos para otras personas y a veces sin ningún motivo aparente. También  miedo a relacionarme con nuevas personas, baja autoestima y sentimientos de culpabilidad son algunas de las emociones con las que tengo que convivir casi a diario. 

Pero, a pesar de las secuelas, lo importante es que cada día  sigo intentando salir adelante recuperándome de tanto dolor.

Me gustaría decirte a vos que estás leyendo este artículo-y que tal vez incluso puedas sentirte identificada con este relato- que lo que resulta imprescindible que sepas es que no sos culpable de lo que pasa o pasó en tu relación. Quiero subrayar que la persona que sádica disfruta específicamente de provocar dolor a otros, y será capaz de no sentir ningún tipo de arrepentimiento. 

Si pudiste salir de ahí, ya diste el paso más importante. Date tiempo para recuperarte. Estos procesos llevan tiempo. Si aún no podés salir, es importante que hagas lo posible por hacerlo. Si lo intentaste y no pudiste, sé que cuesta mucho, pero nunca dejes de intentarlo.

Si estás en una situación similar, podes conectarte con plantar.me desde la sección de contacto acá.

Redacción plantarme
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